Blog perteneciente al escritor ciezano Joaquín Gómez Carillo, escritor de Cieza (Murcia) y autor de "RELATOS VULGARES" (2004) y "EN UN LUGAR DE LA MEMORIA" (2006). "La República de Cieza" es un proyecto de artículos de opinión, no sujetos a disciplina política alguna, la mayoría de ellos publicados en el periódico El Mirador de Cieza.

miércoles, 9 de mayo de 2007

* Agua para todo

¿Han visto qué primavera de lluvias llevamos desde Semana Santa para acá? Esto es una bendición para los campos, para los montes y para todo. A ver si se llenaran los pantanos y se recargaran los acuíferos, y no hubiera que mendigar el agua a los que prefieren que se pierda en el mar. A ver si lloviese tanto que salieran helechos en la Atalaya. Es verdad que este año se deslucieron algunas procesiones y tuvieron incluso que correr con algún trono, políticos incluidos, pero qué se le va a hacer, los Santos no mandan más que Dios y el agua venía del cielo. Es más, a lo mejor esto es una lección de generosidad para muchas personas que de un tiempo acá se posicionan contra el sentido común de llevar el agua de donde sobra a donde falta.

Al respecto, me decía un amigo mío de la izquierda nostálgica de las banderas aconstitucionales del antiguo (y malogrado) régimen republicano, que tenemos que resignarnos, que Murcia por naturaleza es zona desértica, o desertizable; así que nada de crear explotaciones agrícolas, ni pensar en urbanizaciones que potencien el sector terciario. Nada de trasvases de otras cuencas y traer agua como sinónimo de riqueza para este suelo generoso que da ciento por uno. Que como mucho vayamos pensando en cultivar dátiles y vivir en jaimas. Y me lo decía, ¡lo qué son las cosas!, mientras el Ebro se desbordaba y arrojaba al mar hectómetros y hectómetros de caudal, con los que podríamos regar aquí durante años.

En tiempos había un político que mentía con gracia, no como ahora, que son unos sosos hasta para mentir en campaña. Aquél, me acuerdo que venía a la plaza de toros de Murcia a recolectar el voto sediento de la agricultura y, con un gracejo andaluz que daba gloria oírlo, decía: “¡mursianos, os vamo a traé el agua!, ¿no veis como hemos traído el gas d’Argelia?” (lo del gas lo decía el hombre para los incrédulos sobre los adelantos en conducciones y tuberías, porque con fe y tecnología el agua podía venir de cualquier parte, del lago Chad incluso, pues no se puede decir nunca de esta agua no beberé). Y la plaza de toros, hasta la bandera de banderitas que habían llevado en autobuses de todos los pueblos, vibraba de emoción. Luego, como es natural pasaban los cuatro años y llegaba el tiempo de la siguiente recolección del sufragio. Entonces venía de nuevo a Murcia dicho político tan gracioso (llamado “x” por aquel califa cordobés que, en su filosofía moruna del agua, comparaba los dos grandes partidos con las dos orillas de un mismo río, ¡qué barbaridad!) y, como si los murcianos fuésemos todos amnésicos o más tontos que el faldón de atrás, “pro-metía” de nuevo en la plaza de toros, hasta la bandera de banderitas: “¡mursianos, os vamo a traé el agua!, ¿no veis como hemos traído el gas d’Argelia?” Y una multitud enardecida, quizá amnésica, quizá a piñón fijo de la ideología o quizá encariñada, por qué no, de aquel líder carismático que sabía mentir con aquella gracia andaluza que Dios le había dado, aplaudía a rabiar. Y así pasaba el tiempo; pues de mentiras (políticas), como de ilusiones, también vive el pueblo.

Pero cambiaron los tiempos (“ni gobierno que perdure, ni mal que cien años dure”), y lo que a continuación ha ocurrido en el último decenio ya lo saben ustedes de sobra: como la Tarara, que unos decían que sí y otros decían que no. (Pura anécdota: hasta hace sólo tres años, el lema no discriminatorio, aunque hoy anatematizado por toda una vertiente ideológica, de “agua para todos” tenía validez en las dos orillas del mismo río, que dijera aquél). Es más, el otro día, viendo el panorama in crescendo del arma arrojadiza del agua en la política murciana, otro amigo mío, de la izquierda menos nostálgica, me comentaba estos días atrás, en un vaticinio pesimista, que la derecha (en algunos casos aún nostálgica del águila, que no la de San Juan), lo tiene chupao en las próximas al Parlamento Regional, pues “a los agricultores, decía éste con pesimismo, no hay quien les haga entrar en razón.” ¡Ah, digo yo, la razón de la sinrazón, cuando a mi razón no se hace…!

Sin embargo, de una forma o de otra, nunca es mal año por agua, buena para todo.

viernes, 4 de mayo de 2007

* Por una Cieza limpia



Educar, concienciar y limpiar. Lo voy a decir otra vez: educar, concienciar y limpiar. ¿Es que no hay forma de que Cieza deje de ser un pueblo sucio en comparación con otros de nuestra Región? ¿Es que es tan difícil mantener un pueblo limpio? ¿Es tan complicado que a la gente le entre en su cabeza que no hay que tirar porquería en la vía pública? Volvemos a lo mismo: no basta con tener un ejército de barrenderos, aunque en otros pueblos los he visto a cualquier hora del día y en cualquier día de la semana. Pero aún así no basta si la gente es completamente desaseada (por decir una palabra fina).

Llevo veinte años, qué digo veinte, toda mi vida, viendo y viviendo una Cieza sucia: antes los cagajones de las bestias y las cacarrutas de las cabras, cuando estaba medio pueblo sin asfaltar; y ahora lo zurullos de los perros; las manchas de los chicles tirados sobre los enlosados de plazas y aceras; las cáscaras de las pipas que la gente come por todas partes y escupe como los hámster; las colillas; los papeles y bolsas de toda clase; los desperdicios de las mesas de algunas terrazas céntricas; los residuos de basura esturreados por el suelo en muchos puntos de recogida, con sus manchurrones correspondientes en el pavimento; los chorretes de helado o de bebida, y hasta las vomiteras (disculpen la crudeza, pero es lo que hay).

Miren lo que les digo: la gente está tan desconcienciada sobre este asunto que ha llegado a pensar que esto es la normalidad (quizá necesitaría ver otros pueblos para que se le abrieran los ojos). Les cuento: Semana Santa, Esquina del Convento, señora con niño de la mano saca el último cigarro y tira el paquete al suelo como lo más normal del mundo, le llamo la atención: “señora se la ha caído”, responde: “lo he tirao, está vacío”, y me mira como a un bicho raro. Otra: tarde de verano, bancos bajo la pérgola de la Esquina del Convento, pareja con perrazo, sacan un bote de potingue pringoso para perros y se lo vacían al can sobre el granito del suelo para que se lo coma a lengüetazos, le llamo la atención, ellos, mirándome como a alguien que no está bien de la olla, intentan recoger el potingue con un papel empringando mucho más las losas de granito.

Me desalienta (no les cuento cómo amaneció este lunes pasado la recientemente pavimentada Calle San Sebastián). Me causa vergüenza ajena la desidia y el poco respeto que la gente tiene con lo público.

Anecdótico: paseo por la Calle Mayor de Cartagena hace tres domingos a las dos de la tarde (mi amigo Antonio Moya no me dejará mentir), las mesas de los bares y cafeterías están a rebosar de gente, un empleado de la limpieza municipal se afana mirando y remirando por si encuentra algo que echar a su recogedor, al final parece que ha localizado una colilla, el hombre avanza por entre las mesas y, con la punta de su escoba logra sacar de un rinconcito la cosa tirada o caída, que al final no es colilla, sino que parece una esquinita de papel de una servilleta.

Ya saben, nunca se debe decir al médico lo que tiene que hacer. Los poderes públicos saben su cometido. Educar, concienciar y limpiar, por ese orden, si no, no llegaremos a ningún sitio; de lo contrario no sacaremos los pies de las aguaderas nunca. Aquellos hijos a los cuales sus padres no supieron educar en este sentido, se han hecho hombres y mujeres y son ahora padres de otros hijos a los que ellos son incapaces de transmitir ciertos valores. Alguien tendrá que romper la cadena. Los poderes públicos, como el médico, sabrán lo que tienen que hacer. Los resortes están ahí, sólo hay que saber tocarlos. Los medios están ahí, basta con utilizarlos. Primero educar para enseñar a quienes ignoran aquello que está bien y aquello que está mal; después concienciar para que nos sintamos orgullosos de pasear y de habitar en una Cieza aseada; y por supuesto limpiar sin demora, para inculcar y hacer ver a quienes ensucian que ése no es el hábitat urbano que queremos, ni que nos merecemos los ciezanos.